Semana 9B Una mirada crítica de la noción de verdad
By UBAXXI
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Bienvenidas y bienvenidos a un nuevo encuentro de filosofía. En esta ocasión vamos a trabajar haciendo una mirada crítica sobre la noción de verdad y para eso vamos a comenzar tratando de definir un poco qué entendemos por verdad en el imaginario colectivo. Cuando hablamos de verdad en general, lo hacemos en términos aristotélicos, es decir, entendemos la verdad como correspondencia de una afirmación con los hechos, es decir, es la adecuación del plano lingüístico con el plano ontológico, con el plano de la realidad. De esta manera, si decimos María está dando clases en la facultad, esperamos que ese enunciado coincida con el hecho de que María esté dando clases en la facultad. Si María efectivamente está dando clases en la facultad, entonces decimos que esa afirmación es verdadera, y si no lo está haciendo, entonces decimos que esa afirmación es falsa. Esto ya muestra algo importante y es que la verdad o la falsedad se predica de las oraciones, de las afirmaciones, del lenguaje y no de la realidad. Ahora vamos a pensar un poco la cuestión de la verdad en relación con los medios de comunicación, con la política, con la democracia, también con la posverdad, con el concepto de posverdad y también con el concepto de interpretación. Entonces, empecemos un poco a pensar esta relación de la verdad con los medios de comunicación. La sociedad de la información se basa en la confianza que el narrador productor despierta en el espectador lector. Entonces, ¿En qué sentido los medios de comunicación son determinantes para nuestra concepción de la verdad? Nosotros confiamos en que si un medio sostiene algo como cierto, eso debe ser cierto. No tenemos ni el poder ni el tiempo para constatar por nosotros mismos esas afirmaciones y esos hechos a los que corresponden esas afirmaciones, con lo cual descansamos en la confianza que esos medios nos brindan. Ahora, Jean Baudrillard el filósofo francés Jean Baudrillard acuñó el concepto de simulacro o hiperrealidad para explicar que en los medios masivos de comunicación tiene lugar una reelaboración de la realidad, un acontecimiento se transforma inmediatamente en su relato. El modelo que imponen los medios masivos de comunicación está antes que el acontecimiento y según este modelo van a ser captados los hechos. Estamos hoy entonces ante unos programas en los que se mezcla información y ficción y donde no importa que el público pueda distinguir entre noticias verdaderas e invenciones ficticias. Y aún si se pudiera establecer esta distinción, ésta pierde incluso valor respecto a las estrategias que estos programas llevan a efecto para sostener la autenticidad de un acto de enunciación. Con este fin, tales programas ponen en escena el propio acto de enunciación a través de simulacros de la enunciación, como por ejemplo, cuando se muestran en la pantalla las cámaras de un programa de televisión que que están filmando. Lo que sucede es toda una estrategia de ficciones que se pone al servicio de un efecto de verdad. Lo que se transmite en realidad es un efecto de realidad. Estamos en una situación entonces, en la que la relación entre el enunciado y los hechos resulta cada vez menos relevante con respecto a la relación entre la verdad del acto de enunciación y la experiencia de recepción por parte del receptor. De esta manera entra en crisis la relación de verdad factual, la verdad de los hechos, sobre la que reposa la dicotomía entre los programas de información, por un lado, y los programas de ficción, por otra. Y esta crisis tiene cada vez más implicancias en los medios de comunicación y transforma de esta manera todos los vínculos y transforma también a los programas de información de vehículos de hechos considerados como neutrales y transparentes, a aparatos de producción de hechos. Es decir, los programas pasan a ser de espejo de la realidad a productores de la realidad. El discurso de los medios masivos, tal y como existe en las sociedades que se autodenominan democráticas, conoce solo un criterio para la elección de los materiales que lo articulan, y ese criterio es la satisfacción del deseo audiovisual del espectador medio. Los medios transmiten lo que su público quiere confirmar. Y como este deseo es la base económica de los medios, confirmar estos deseos permite a los medios obtener más ganancias. Si se dice lo que el público quiere escuchar, habrá más público y en consecuencia, más rédito. Y este fenómeno que antes se daba solo en la televisión, ahora también lo tenemos en Internet, en las redes sociales, etc. Hoy sabemos bien que los algoritmos que se utilizan en las redes sociales nos traen la información que nos gusta, la información que confirman nuestros deseos. De esta manera, con la información transmitida por los medios, antes nos permitía saber más y mejor. Y esta idea de que los medios de comunicación nos comunicaban mejor y nos permitían saber más, termina siendo sólo un mito. La sociedad de la información hoy es todo lo contrario a una sociedad más ilustrada, más instruida. Al contrario, hoy es una sociedad menos libre y, en consecuencia, más dependiente de que los medios le confirmen lo que ella espera. Así, de hecho, nos defraudamos cuando un medio en el que confiamos nos ofrece una información que desmiente nuestras creencias. Y nos alegramos cuando justamente las confirmaciones, la transparencia que idealmente permitían los medios es entonces, como ya dijimos, tan solo un mito. ¿Y por qué es así? Bueno, porque la industria de la comunicación se nos descubre hoy como un sector productivo dotado de una dinámica económica propia. La selección de la información y el recorte que hacen de la realidad nos devela que sólo hay parcialidad. Los intereses económicos y por lo mismo también intereses políticos, atraviesan la producción de la información. ¿Ahora, qué se puede hacer ante esta situación? Bueno, tenemos dos vías. Por un lado, ante esta situación, los Estados nacionales carecen en gran medida de capacidad de maniobra. Y carecen de capacidad de maniobra porque hoy los medios de comunicación en general tienen tanto poderío económico que hasta podrían comprar países enteros. Por otro lado, tenemos que pensar qué podemos hacer nosotros como espectadores. Y bueno, y acá hay algo determinante, y es que nosotros sabemos hoy que los medios están atravesados por intereses. Entonces, en este sentido, es necesario saber de antemano los intereses de cada medio, tanto de los canales de noticias de la televisión, como de los de Internet y las redes sociales, como también los diversos lugares por los cuales accedemos a la información de todo tipo. Sabemos que la información no es neutral, al contrario, está atravesada y formulada desde distintos tipos de intereses. Y no tener en cuenta esto, no tener en cuenta incluso la forma en que hoy se produce la información, es estar en definitiva más condicionados y menos libres a la hora de tomar decisiones. Y por eso es sumamente importante la forma en que nos informamos de cualquier tipo de cosa. Como recién señalábamos, estábamos trabajando sobre la noción de verdad en su vínculo con los medios de comunicación. Trabajemos ahora, o pensemos ahora este vínculo de la noción de verdad atravesada por los medios de comunicación pero en torno a la política, en torno a la democracia. Y entonces, así como iniciamos este encuentro abordando la noción de verdad, vamos a trabajar ahora la de democracia, para ver precisamente la relación entre ambas, atravesadas, como decíamos recién, por los medios de comunicación. Ya en un encuentro anterior habíamos definido, habíamos señalado el concepto de democracia y la habíamos definido como Gobierno del Pueblo. Y acá la pregunta que debe resonar constantemente cuando hablamos de la relación de la verdad de los medios masivos de comunicación y de la democracia. Si ¿Es la democracia hoy el gobierno del pueblo? Esta pregunta que pone en crisis el concepto de democracia nos conduce a otras nuevas ¿La democracia se reduce solo a las elecciones? ¿Y qué sucede, por ejemplo, si mis deseos realmente, si elegimos realmente lo que deseamos o si elegimos a quien queremos elegir o elegimos algún candidato que los medios producen? ¿Qué pasa con la relación entre la verdad, los deseos, los medios de comunicación? Podemos preguntarnos ¿Elegimos realmente a quien queremos elegir o entonces elegimos al candidato que los medios producen y en este sentido a alguien que simula pretender confirmar nuestro deseo? Si no se hicieron estas preguntas hasta ahora, bueno, quizás sea necesario comenzar a hacérselas. Más allá de lo que entendemos por democracia, es cierto que un componente imprescindible de esta es la elección libre de quienes pretendemos que nos gobiernen. Ahora bien, esa elección es libre. Elegir implica tomar decisiones y para eso es necesario deliberar, poder evaluar alternativas. Ahora los medios ofrecen alternativas, nos muestran alternativas. Ya habíamos visto en un encuentro anterior que parecía que no había demasiadas alternativas, que había cierta uniformidad en la política. Bueno, hoy la política se juega en el terreno de la comunicación masiva y muy especialmente en los medios digitales, sobre todo en las redes sociales. De esta manera se hace necesario elaborar estrategias digitales. Y no solo los partidos políticos tienen estrategias digitales, sino que las estrategias digitales se han convertido en una política misma de los partidos, de los gobiernos y de la oposición. Así oímos hablar de ejércitos, de trolls, para referir a empleados contratados o militantes que se dedican a hacer campaña permanente desde las redes sociales, difundiendo información habitualmente falsa o dudosa y desprestigiando otra información que suele venir de la oposición. Estas campañas no sólo tienen como objetivo tergiversar los hechos, sino también desprestigiar a las personas, a los actores políticos, a los actores sociales en general. Entonces surge acá otro problema. Y Internet, que venía a democratizar la información y a democratizar la verdad, parece que tampoco es confiable. Tiene su lado oscuro plagado de mentiras y de noticias falsas. ¿Y entonces, ahora qué? Bueno, ahora parece que no podemos. No solo no podemos confiar en los grandes medios porque están atravesados por intereses políticos y económicos, sino que Internet, que nos iba a permitir un Una selección más personalizada de la información y los contenidos y menos mediatizada en principio por los intereses, bueno, tampoco es confiable porque está atravesada por los mismos intereses que los medios tradicionales. Bien, y con esto aparece entonces como novedad también el auge de la fake news, de las noticias falsas y Y ahí nos damos cuenta que la producción y distribución de noticias falsas también es sumamente rentable. A más likes, a más clics, mayor rentabilidad para los propietarios de las redes. Y a este esquema económico contribuye saber también que el público tiende a reproducir las informaciones o noticias que confirman su propio sesgo. De esta manera las redes sociales, concentradas en un pequeño grupo de empresas, mediante un algoritmo nos muestran la información que confirma nuestros juicios previos, la información que, entre comillas, queremos. Si le dimos like a una información, a una noticia, a un diario, a un producto, etcétera, el algoritmo nos va a enviar constantemente información similar a esa, excluyendo de mis preferencias, en principio, lo que no seleccionaba. Entonces elegimos. Elegimos libremente. Las redes sociales funcionan como una cámara de eco que nos hace escuchar nuestra propia voz repetidamente. Y esto quedó absolutamente claro cuando hace algunos años con la campaña presidencial que en 2016 se realizó de Trump a partir de unas investigaciones penales realizadas a la empresa Cambridge Analytica que trabajó en la recolección de datos y en la difusión de información falsa para influir en la elección de Trump en el 2016. Lo mismo también que en la salida del Reino Unido de la Unión Europea en el Brexit. Eso se convirtió en un escándalo en el cual se vio involucrado Facebook por difundir esa información falsa. Y si bien ese escándalo rápidamente fue eliminado de los medios, al menos con eso advertimos que las redes sociales son también un lugar para producir y difundir información falsa. Y lo son porque estas, como los otros medios masivos, están atravesados por intereses políticos y económicos. La verdad y la falsedad se tornó entonces una mercancía. Y eso nos permite ponernos a pensar, a reflexionar algunas cuestiones. ¿Sabemos que elegir supone un deseo? ¿Elegimos algo porque deseamos hacer algo? Así, por ejemplo, si deseamos vivir bien, luego deliberamos acerca de cuáles son los medios que me conducen a ese deseo. Supongamos que los medios sean votar al candidato A. Y ahí percibimos si es posible hacerlo elegimos votarlo y lo hacemos. Pero para poder deliberar adecuadamente a mis fines, debo poder contar con la información necesaria que me conduzca a esos fines y no a los fines de otros. Con lo cual también esto me lleva a reflexionar o a preguntarme si la autoridad que transmiten los grandes medios de comunicación hoy es suficiente para que le creamos o bien le creemos a medios independientes porque estamos convencidos que la información transmitida es siempre interesada y no objetiva. Bueno, la crisis democrática actual es en definitiva una crisis de confianza. Y para volver a confiar en la democracia debemos poner en cuestión entonces lo que los medios transmiten. Y para de esta manera poder confiar nuevamente en la democracia es necesario entonces desconfiar un poco. Necesitamos desconfiar un poco de los medios. Pero desconfiar de los medios no es desterrar lo que los medios nos muestran, lo que los medios nos proporcionan de información. Porque lo que nosotros tenemos que hacer es chequear la información, buscar otra información, no solo la que nos brindan de primera mano los medios. No solo es cuestionar a los medios tradicionales como la radio y la televisión, también tenemos que cuestionar los medios nuevos como Internet y las redes sociales y los medios independientes también, porque todos persiguen intereses y los intereses de los diferentes medios no siempre coinciden con los intereses de las mayorías, es decir, con los intereses del pueblo. Por eso nuestra desconfianza en los medios tiene que ser una desconfianza en pos de buscar mejor información, de buscar más información y no de dejar de informarnos. El problema de la falsa información o de la falta de información también tanto una como otra, la falta de información como la falsa información de lo que habíamos venido hablando de la fake news, nos trae a cuento ahora el problema o la relación entre la verdad y la posverdad. Este concepto de la posverdad que aparece hace unos años y que según va pasando el tiempo vemos que se convirtió, se convierte en un fenómeno del poder. La posverdad entendida entonces como un fenómeno del poder y Y en este sentido tenemos que pensar la posverdad en su vínculo con los medios de comunicación, con la economía y con la política. Y si como dijimos al inicio, la verdad en el sentido de la correspondencia de una afirmación con los hechos, es el concepto de verdad aristotélico, cuando hablamos de posverdad, este lo tenemos que pensar en su caracterización de acuerdo a la definición que se dio en el Diccionario de Oxford La posverdad va a ser caracterizada entonces como el lugar donde los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que aquello que apela a las emociones y a las creencias personales. En este sentido, la posverdad está enfocada a la confirmación de las propias creencias y a relativizar el valor de los hechos para privilegiar creencias propias. La posverdad no son estrictamente las fake news, no son las noticias falsas, aunque éstas sí son un fenómeno emergente de la posverdad. Este fenómeno es un fenómeno mundial, o al menos occidental, ya que sólo en Occidente es donde el concepto de verdad, en el sentido universal que lo entendemos, es donde ha prosperado y madurado. Si tiene más influencia en el público la apelación a las emociones propias y a las creencias personales, entonces la producción de información que apunte a confirmar esas creencias y a satisfacer esas emociones es rentable, es útil, económica y políticamente útil. De esta manera, la política de la posverdad se basa en frases que se sienten verdaderas pero que no tienen una base real, como señalaba el diario The Economist. Un punto importante acá es que tiende a confundirse la posverdad con una opinión o o con una interpretación de la realidad, y eso no es así, porque el fenómeno de la posverdad se manifiesta mediante un discurso que se presenta a todo el público como un relato de hechos, es decir, que se presenta como una verdad fuerte, como por ejemplo la fake news de que Obama había fundado Isis o que Obama no era estadounidense. Esa información se le presentaba al público como una afirmación cierta, como una afirmación sobre los hechos y no como una opinión personal o como una interpretación a partir de un marco conceptual determinado. Se presentaba a su público como una verdad y su único objetivo es satisfacer creencias particulares, pero haciéndolo mediante datos falsos o al menos no chequeados adecuadamente. Sin embargo, esta práctica de la fake news o de las noticias falsas no es del todo nueva. Esta práctica también la encontramos, o si queremos rastrearlo en la historia, la encontramos al menos desde el siglo VI, pasando también por las elecciones pontificias de 1522, la aparición del pasquín, luego en el siglo XVII con el uso del canar, que se estima que luego tuvo un importante rol en la Revolución francesa y y también aparece en Londres en el siglo XVIII. Ahora, ¿Es la posverdad un eufemismo para definir una verdad aparente o solo hay detrás una voluntad autoritaria y demagógica decidida a disfrazar la verdad en forma de mentira? Al respecto, Solzénistín señalaba que nada disfraza la violencia más que la mentira, y la única manera a través de la cual puede sostenerse la mentira es mediante la violencia. La violencia demanda también de sus víctimas el vasallaje a la mentira, la complicidad con la mentira. Ahora, cuando esta mentira o con una mentira se entreteje con otras mentiras, ese entramado adquiere un carácter de sistema y de ahí que la mentira organizada e institucionalizada deje de llamarse mentira para denominarse mendacidad. No se trata entonces de mentiras aisladas y ocasionales, sino de un conjunto de falsedades deliberadas, perseverantes y articuladas. La mentira organizada termina siendo un insumo vital para edificar y mantener en pie, por ejemplo, un régimen totalitario. Sin embargo, las democracias no son indiferentes al uso de mentiras útiles, al menos para la autoridad que las fabrica y que las distribuye. La mentira es útil en tanto me brinda los resultados esperados. El semanario británico The Economist señalaba que no es ninguna novedad que los políticos a veces mientan, pero lo novedoso es que en esta nueva etapa se toman como ciertas las afirmaciones que se sienten como verdaderas, sin importar para nada los hechos. Ahora hay otro problema con la verdad y con la posverdad. Y el problema radica en qué entendemos por hechos. Cuando definimos la verdad como correspondencia, sostuvimos que una afirmación era verdadera si se adecuaba con los hechos y dijimos la afirmación María está dando clases en la facultad es verdadera si María está dando clases en la facultad y es falsa si no lo está haciendo. Ello nos permitía saber que la verdad o falsedad se predicaba de las oraciones. Luego también definimos la posverdad como aquello donde los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que aquello que apela a las emociones y las creencias personales. Y un ejemplo al que recurrimos fue el de la oración la afirmación Obama fundó Isis u Obama no es estadounidense. Y tenemos que entender que si aceptamos el criterio de verdad como correspondencia, el criterio aristotélico, que es el con el que en definitiva nos manejamos cotidianamente, deberíamos poder tener pruebas de que Obama fundó ISIS o de que Obama no es estadounidense, para sostener que esa afirmación es verdadera. Sin embargo, muchos aceptaron esas afirmaciones como verdaderas por el solo hecho de que coincidía con sus creencias y de que coincidía también con sus deseos, a pesar de no haber ni una prueba al respecto. Y esto es lo que en definitiva se llama posverdad. Ahora, más allá de que en la historia de la filosofía se hayan elaborado otras nociones de verdad, lo concreto es que para el sentido común, la verdad es la verdad por correspondencia. ¿Correspondencia con qué? Bueno, correspondencia con los hechos. Pero ahora surge otro problema. Y ese problema es ¿Qué son entonces los hechos? Hasta el tiempo donde primó la concepción positivista, podríamos decir principios del siglo XX, los hechos eran definidos en base a lo que Hume entendía por hechos. Los hechos eran lo que podía ser percibido por los sentidos. Un hecho era aquello de lo que podíamos tener una impresión sensorial. Y así, por ejemplo, podíamos constatar mediante los sentidos que María había ido a la facultad y que no teníamos pruebas de que Obama hubiera fundado Isis. Pero a inicios del siglo XX, la noción de hechos como algo observable, como algo que estaba vinculado a la captación por los sentidos, entra en crisis. ¿Por qué entra en crisis? Porque elementos empíricos, realidades materiales que debían ser captadas mediante los sentidos, como las bacterias, los átomos, las moléculas, no eran directamente observables, no eran captables por los sentidos de manera directa. Con ello, la idea de un hecho, el concepto de hecho, como mera impresión sensorial, no pudo seguir sosteniéndose con tanta facilidad. De ahí en más, los hechos iban a ser estudiados en función de un marco conceptual. Es decir, un hecho era tal dentro de un marco conceptual y no fuera de este marco conceptual. Ahora, esta relación o esta concepción de los hechos que cuestionábamos recién, ya había sido advertida por Nietzsche unos años antes. La famosa frase de Nietzsche, y que muchos atribuyen como la fuente de la posverdad, aquella que dice no hay hechos, solo hay interpretaciones, debe ser abordada detenidamente para desterrar y desmontar una lectura absolutamente errónea, falsa o tergiversada. Detengámonos en el problema y tratemos de abordarlo pensando en dos ¿Cuál es en definitiva la crítica que hace Nietzsche al positivismo? Que es quien piensa la noción de hechos como la idea de lo captable por los sentidos. Entonces, ¿Cuál es esa crítica de Nietzsche que le hace al positivismo en los fragmentos que seleccionamos para la lectura de ustedes, en los póstumos? ¿Y cuál es el motivo por el cual Nietzsche señala que no podemos constatar ningún factum en sí? Vean acá el fragmento completo. Les traigo acá el fragmento completo. Primero pensemos. Con el en sí, Nietzsche está haciendo referencia claramente al ámbito de lo nouménico, que Kant ya había desterrado como posibilidad de conocimiento. Entonces, debemos recordar que Kant, en la Crítica a la razón pura, determina los límites del conocimiento racional, y allí sólo lo fenoménico puede ser objeto de conocimiento racional. Lo metafísico, lo en sí, lo neuménico, queda excluido. Por otro lado, la crítica nietzscheana se dirige al positivismo y a su concepción ingenua de hechos. ¿Por qué concepción ingenua? Bueno, por dos motivos. Primero, porque no considera la distinción kantiana. No podemos hablar de un hecho en sí, con lo cual sólo nos queda el ámbito de lo fenoménico y en tanto tal, nos queda el ámbito de la representación. Además, lo en sí es incondicionado y por lo tanto, incognoscible. Y acá viene el otro motivo. Los positivistas parecen no ver advertido algo que recién se pondría de relieve entre principios y mediados del siglo XX, pero que Nietzsche ya en parte lo anticipaba, y es que el acceso a lo fenoménico depende de un marco teórico, de un marco lingüístico, cultural y valorativo. Desde este punto de vista, no hay un hecho en sí, sino un hecho constituido a partir de de un marco histórico, cultural, teórico y lingüístico. Lo que entendemos por hecho, entonces, nos viene dado. Es decir, no se puede hablar de hechos sin que estos estén permeados por una teoría, por tradiciones, por conocimientos, por valoraciones. Estos marcos operan como condición de posibilidad de nuestros conocimientos, de nuestros sentimientos, de nuestras experiencias, de los hechos en definitiva. Asimismo, Nietzsche no sólo pone en tela de juicio los hechos, lo objetivo, sino también lo subjetivo. Para Nietzsche, un filósofo cartesiano, y esta es la crítica que va a realizar al cartesianismo, sabe bien que las cosas son dudosas, que no son como aparecen. Sin embargo, un cartesiano no duda de de la conciencia, no duda que la subjetividad sea tal como se aparece a sí misma. Y con ello, para Nietzsche, el sujeto es también un agregado, es algo impuesto. Después, por último, y mucho más importante, para Bátimo, un discípulo de Nietzsche, discípulo en el sentido de las lecturas realizadas, un discípulo directo. Para Bá la expresión no hay hechos, solo interpretaciones debe entenderse también como una interpretación. Él no hay hechos, solo hay interpretaciones ya es una interpretación, es una herencia de otras interpretaciones inseparables de lo que se nos presenta como objeto. Nietzsche no está propiciando con esto una nueva verdad, sino que va a poner de relieve el carácter interpretativo perspectivista del mundo. Puesto que Nietzsche parte de la hipótesis de que no sabemos qué es el mundo, de que no sabemos qué es lo en sí, lo metafísico, lo nouménico, como señalaba Kant, no podemos acceder a ello. El en sí sería en definitiva el conjunto total de las perspectivas, algo en definitiva inaccesible. Con esto sólo nos queda representarnos el mundo tal como se nos muestra por medio del lenguaje, el cual condiciona nuestra manera de ver el mundo. Y con esto damos por finalizado este encuentro donde abordamos la noción de verdad, donde hicimos algunos cuestionamientos a la noción de verdad, su relación con los medios de comunicación, con la democracia, con el concepto de posverdad y con el concepto de interpretaciones.
